-Opiniones-
Miguel Cavada Diez (Q.D.D.G)
Recordando las fiestas del Divino Salvador del Mundo en tiempos de Monseñor Romero, podemos sacar algunas lecciones para celebrar hoy la fiesta patronal como Dios manda.
Primera lección. Transfiguración de Cristo, transfiguración del pueblo. ¿Qué es para Monseñor Romero la fiesta del Divino Salvador del Mundo? Es ante todo un compromiso: "Hay un reto permanente en la transfiguración de Cristo como patrón de nuestra patria, el reto de la transfiguración de nuestro pueblo" (Homilía 6 de agosto de 1979). Festejar al Divino Salvador del Mundo es ante todo tomarse en serio la realidad del país y asumir un compromiso por "la transfiguración de nuestro pueblo".
Segunda lección. Ofrecer una palabra creíble. Cada 6 de agosto Monseñor Romero tenía por costumbre ofrecer a todo el país una carta pastoral donde presenta un análisis de los problemas más graves del país y, a la vez, ofrece pautas pastorales para contribuir a su solución. Salvo la primera carta pastoral, La Iglesia de la Pascua, que presentó en abril de 1979 al poco tiempo de llegar al arzobispado, como su carta de presentación, las otras tres fueron publicadas el 6 de agosto de cada año: La Iglesia, Cuerpo de Cristo en la historia (1977), La Iglesia y las organizaciones políticas populares (1978) –que firmó con Monseñor Rivera– y la Misión de la Iglesia en medio de la crisis del país (1979). La tercera y la cuarta carta pastoral son para la Iglesia salvadoreña, lo que Medellín y Puebla son para la Iglesia de América Latina. Olvidarlas es un error. Todavía tienen mucho que decir, sobre todo la última, para la Iglesia y para pueblo salvadoreño.
Tercera lección. Escuchar al pueblo. Monseñor Romero antes de hablar, escucha a su pueblo. Pero no escuchó para engavetar las opiniones de su pueblo, sino que las tomó en cuenta y muy seriamente. La última carta pastoral la escribió luego de hacer un proceso de consulta con las comunidades cristianas. Así lo comenta el mismo: "Y a esto se junta la madurez de nuestra arquidiócesis, a la cual he consultado para escribir esta carta pastoral. Yo saludo en ustedes esa madurez, esa audacia, esa opción preferencial por los pobres, esa riqueza de ideas que ustedes me han dado en esa consulta. ‘Todo el pueblo de Dios –dice el Concilio– guiado por el magisterio de la Iglesia disfruta el carisma profético de Cristo’. Ustedes y yo hemos escrito la cuarta carta pastoral enriquecidos con estos tesoros de la Iglesia universal y, sobre todo, de Puebla" (Homilía6 de agosto de 1979).
Cuarta lección. Bajarse de la nube. Cuando no se toma en serio la realidad del país, el clamor de los pobres y la transfiguración de nuestro pueblo, la Iglesia puede caer en la tentación de quedarse "en las nubes". Es la Iglesia de la alabanza que tanto se expande hoy en muchas parroquias y movimientos apostólicos. Pero Monseñor Romero nos recuerda, igual que Jesús, que hay que "bajar", para encarnarse en los problemas del pueblo y contribuir a transfigurarlo: "Es muy bonito vivir una piedad de sólo cantos y rezos, de sólo meditaciones espirituales, de sólo contemplación. Ya llegará eso en la hora del cielo, donde no habrá injusticias, donde el pecado no será una realidad que los cristianos tenemos que destronar. Ahora, les decía Cristo a los apóstoles comtemplativos en el Tabor, queriéndose quedar allí para siempre, bajemos, hay que trabajar" (Homilía 19 de noviembre de 1978).
Quinta lección. Denunciar a los dioses del poder y del dinero. En su cuarta carta pastoral Monseñor Romero denunció la idolatría de la propiedad privada y del poder como causantes de las desigualdades en nuestro país y un día antes de que lo asesinaran, Monseñor Romero –haciéndose eco de un canto popular– nos recordó que el Divino Salvador del Mundo es el "primero en levantar el brazo contra la opresión". Yo denuncio sobre todo la absolutización de la riqueza. Este es el gran mal de El Salvador: la riqueza, la propiedad privada como un absoluto intocable y ¡ay del que toque ese alambre de alta tensión, se quema! No es justo que unos pocos tengan todo y lo absoluticen de tal manera que nadie lo pueda tocar y la mayoría marginada se esté muriendo de hambre" (Homilía 12 de agosto de 1979).
Sexta lección. No olvidar a los mártires. Un detalle que no hay que pasar por alto. En la homilía del 6 de agosto de 1979, que fue la última fiesta del El Salvador del Mundo que Monseñor Romero celebró con nosotros, comienza recordando a un mártir: "Yo quiero sentir la presencia de un sacerdote muy querido y que ahora se encuentra tendido, muerto prematuramente por el asesinato, allá en su parroquia de San Esteban Catarina: El Padre Alirio Napolón Macías está presente entre nosotros, como lo estuvo muchas veces". Celebrar el Divino Salvador del Mundo es recordar con agradecimiento el testimonio de quienes ofrecieron su vida por la transfiguración del pueblo.